20/8/07

CONOZCO ESA GEOGRAFIA -CUENTO





POR MIDIALA ROSALES ROSA.

Amo a las mujeres. Quisiera defenderlas, resguardarlas, protegerlas. Me seducen las mujeres sacrificadas, las mujeres buenas, las mujeres tímidas, las mujeres que escogen la soledad, la penumbra, las mujeres que miran como si besaran y que, cuando besan, mueren.
La mujer que ama a un hombre no puede descubrir la ternura de la que es capaz. El hombre no lo permite, la mujer no lo permite. El hombre debe ser fuerte, la mujer debe ser protegida. El hombre es un martillo. La mujer se convierte en receptora de su fuerza, de sus ganas, de su urgencia. Todo en él propone el empuje, el golpe.
El hombre arrastra, violenta, desgasta. La mujer debe darse, abrirse. Debe exponerse sin ser descubierta, debe entregarse sin recibir entrega a cambio.
Las mujeres se aman como si tocaran un arpa. La soledad desaparece. La soledad de la mujer sola queriendo reconstruir el mundo que los hombres destruyen. La soledad de la mujer sola queriendo armonizar lo que el hombre desentona. La soledad de la mujer sola queriendo llenar el vacío que el hombre deja en los hijos, en la casa, en la vida. La vida de la mujer, que el hombre cree insulsa y sin sentido. El hombre con su espíritu emprendedor y curioso que lo hace quemar a las hormigas, inventar estrategias para destruir a otros hombres. El hombre con su soledad intrínseca, su fuerza que le han dicho debe ser su mejor arma, su juicio absoluto.

Claudia cierra su diario. El reloj marca las siete de la mañana. Jorge está al llegar.
Le duele imaginarlo, impaciente, detrás del volante.
Alina todavía duerme.
Claudia sale de la cama y va a la cocina. La cabeza le pide un café que prepara bien fuerte. No debe tomarlo, pero hoy le da lo mismo. Lo prohibido es siempre lo mejor: la bebida, los dulces, el sexo. Placeres. La gente debería enfermarse de no hacer el amor. Las enfermedades deberían padecerse de no tomar, de no comer en abundancia. Así todos estarían obligados a vivir y no habría tanta mojigatería, tantas personas frustradas enrareciendo la vida. Sorbe un poco de café.
Abajo suena el pitazo, primero largo, después repetido, insistente.
Claudia oye que Alina se despierta. Se la imagina saltando sobresaltada de la cama, movida por el resorte del claxon del auto de Jorge. Durante nueve años de su vida, ese ha sido su reloj despertador. Durante nueve años, todas las mañanas, se ha despertado con ese sonido impertinente. Y su cuerpo incondicionalmente responde, aunque esté sumido en el más profundo sueño.
Claudia también ha pasado a ser parte de ese rito. Todas las mañanas Jorge la despierta a ella también con el pitazo del carro justo para ver cómo Alina, nerviosa, salta de la cama. Nunca la ha visto vacilar. Siempre termina respondiendo a la llamada de él. Alina se siente culpable por ese espasmo, ese sobresalto, esa premura, pero no puede contenerse. Muchas veces la ha dejado con el beso en los labios, con la palabra sin terminar. Claudia sabe que esa va a ser su batalla: arrancarla de ese rito, de esa relación que no despierta ninguno de sus sentidos, sólo su vagina. Alina se ducha. Claudia la imagina dentro del baño. Adivina sus movimientos: el spray del desodorante, el perfume, un vestido fresco y por último el maquillaje. Conoce todos sus perfumes, los aromas de las cremas, del creyón de labios, del shampoo. Cuando no los siente puede evocarlos.
En la cocina todo está revuelto: los platos sucios en el fregadero, los restos de comida de la noche anterior, las tazas con restos de té. Alina es una mujer lunática, “lechuza”, le gusta vivir de noche.
A Claudia le gusta lo que ve: el naufragio de estar viva. Le gusta la despreocupación con que Alina maneja todos los ritos diarios, sin manías ni obsesiones que le recuerden la naturaleza femenina más convencional.
Claudia piensa en su madre. Le duele recordarla siempre atareada. Todos los días de todos los años recogiendo, barriendo, limpiando, cocinando. Una sombra con la cual puede hablar sólo cuestiones cotidianas. Una madre debe ser algo mas que la llamada para el baño, el aviso cuando está la comida, la voz que anuncia el vaso de leche todas las mañanas. No una madre cotidiana, sino una madre cósmica. Y un padre cósmico, también. Dioses perfectos. Dioses que conozcan el camino, que hablen, que guíen y adviertan del peligro, como los oráculos.
Allí, en el cuarto de Alina, el orden aparece sin que se vea el esfuerzo. Alina siempre está en otra parte, distraída de las cosas molestas de la vida. Limpia mientras tararea una canción. Tarareando la canción se olvida de que limpia. Su madre no. Ella se queja, pide auxilio. Aunque siente compasión por su madre no puede ayudarla. Sabe que si se queda cerca quedará atrapada.
Alina entra a la cocina. Claudia deja la taza de café, la besa. Alina sonríe, se zafa de sus brazos y sale.
Claudia siente sus pasos en la escalera, el sonido de la verja y luego la puerta del carro. Se queda en silencio mirando los rayos del sol que han dibujado una ilusoria ventana de luz en la pared.
Nunca habían hablado de él: Claudia no creía prudente exigir por algo que ella había admitido sin reparos en un principio. Pero ya no lo soportaba. Él ni siquiera reclamaba, estaba seguro de que el mundo se movía según su deseo. Alina y Jorge tenían nueve años de estar juntos, con todos los compromisos de un matrimonio, pero sin compartir el mismo techo. Muy conveniente para él, piensa Claudia, y sonríe a media asta. Nunca una propuesta de matrimonio, sólo sexo de vez en cuando y algunas convenciones: venir a buscarla por las mañanas, almorzar juntos y regresarla a la casa en la tarde, cuando Alina terminaba su trabajo. Claudia odiaba esa seguridad. Tenía deseos de violentar ese mundo. La molestaba el gesto prepotente de Jorge cuando a veces entraba a saludarla. Su comportamiento de dueño y señor a Claudia le parecía ridículo, cuando no grosero. Claudia no quería a Alina para sí -aunque le hubiera gustado hacerle el amor frente al mar-, pero tampoco quería que fuese de nadie, mucho menos de él que la creía suya definitivamente.

A través de la ventana Claudia puede ver la avenida de grandes árboles. El día estupendo para pasear por la ciudad. Regresa al cuarto, se viste y sale de la casa. Cerca de allí hay un parque. Todas las tardes Claudia se sienta entre los árboles, en un banco semidestruido, frente al río de agua turbia. Allí sentada, escuchando la brisa en los árboles y el sonido del agua, Claudia inventa frases para la novela que piensa escribir. Hoy se siente especialmente tocada por las musas. Y escucha una frase en el aire: quiero esa dote, como en los tiempos antiguos. Le gusta, piensa, y se concentra, tratando de hilvanar un verso contundente y definitivo. Cierra los ojos. Pero hay algo en el silencio que la inquieta. Mira a su alrededor y descubre, detrás de un árbol frente a ella, la silueta de un hombre que se masturba, el miembro erguido entre sus manos.
Claudia abandona el parque. En el camino de regreso va repitiendo la frase: quiero esa dote, como en los tiempos antiguos. Debo escribirla, piensa.

Duerme toda la tarde hasta que siente nuevamente los pasos de Alina en la escalera. Su corazón palpita fuertemente. Siente la llave en el picaporte y la ve entrar. Alina se acuesta encima de ella. Claudia finge un gesto de dolor y después se ríen, se besan. Luego Alina la mira y le dice: Jorge me ha pedido que nos casemos.
Quedan en silencio un buen rato. Claudia siente que debe hablar, pero no sabe qué decir. No quiere minimizar el hecho. No quiere dimensionarlo absurdamente tampoco. Sabe que necesita tiempo, pero Alina podría decidir casarse en cualquier momento. ¿Se habrá equivocado? No sabe nada, piensa. Las clasificaciones no sirven para nada. ¿Acaso es Alina una mujer heterosexual que simplemente experimenta con otra mujer? ¿Acaso era ella una mujer homosexual, o alguien que no soportaba el mundo masculino de lo evidente? Y el amor, ¿no cuenta? Claudia tiene ganas de comprometerla, de preguntarle directamente: ¿a quién amas?, pero la frase le resulta demasiado cursi y le da miedo.
A ella le gusta el espejismo, la duda, la incertidumbre. Todo eso le aviva el deseo. Cuando hay demasiadas palabras el deseo se deteriora. Cuando no hay nada claro, nada rotundo, cuando no hay promesas de eternidad y el amor no puede asirse, el deseo es como la sed y su único alivio es beber a toda hora. No hay nada que seduzca más que eso: un deseo todo el tiempo amenazado, un amor que no puede asirse, nombrarse, clasificarse ni mostrarse.
Hay personas que no pisan más allá del terreno conocido. Claudia siente que no debe hablar, reclamar, ni preguntar. Vamos a comer?, dice. Alina la sigue a la cocina. Pican ajos, cebollas, trituran el orégano, el cilantro. Sal. Fuego. La habitación huele a sazón. El ambiente enrarecido se ha conjurado. Es como si no hubiera nada que temer: son sólo dos mujeres que cocinan. Ahora están en un lugar conocido, agradable.
Claudia se acerca a Alina y la besa. Alina se deja hacer, su piel responde. Claudia la escucha pensar. Aviva el fuego y cocina las especies.
No quiere perderla. Cuando era adolescente siempre se enamoró de sus mejores amigas. Ellas nunca supieron. Siempre salían con sus novios y ella temblaba al verlas, abrazándolos, besándolos mientras bailaban. Ella siempre solitaria, temerosa de que los muchachos la sacaran a bailar. Se sentía fea.
Luego descubrió que amaba a las mujeres.
En segundo año de preparatoria conoció a Elena. Elena estaba en otro salón de clases, y un día se quedó parada a unos pasos, mirándola. Claudia se encontró con sus ojos y bajó los suyos. Un día conversaron. Claudia sabía que aquella no era una conversación como otras. Supo enseguida lo que sentía Elena. Una tarde, cuando salía del baño, Elena se paró delante de ella, cerrándole el paso. Puso una mano sobre la puerta del baño, como para impedir que Claudia escapara y luego la besó. Claudia se quedó petrificada contra la puerta, sintiendo sus labios, los labios suaves, tibios de Elena, el temblor en su estómago, y sintió que se perdía dentro de aquel pozo de luz, un hoyo inmenso y resplandeciente que la mareaba y la lanzó, a toda velocidad, al firmamento, y luego de vuelta al techo sucio del baño, las paredes descascaradas, justo para ver como la puerta se cerraba. Elena se había marchado.
Todo desapareció a su alrededor desde ese día. Sólo pensaba, respiraba y vivía para encontrarse con Elena. Estuvieron tres años de besos furtivos en la escuela, caricias por debajo de la mesa. Después Elena se fue con sus padres a los Estados Unidos y Claudia se quedó esperando sus cartas. Nunca más supo de ella.
Luego conoció a otras mujeres declaradas abiertamente homosexuales –así se definían ellas mismas- pero ninguna le agradó. Claudia tenía prejuicio con las definiciones. No entendía qué era declararse “abiertamente homosexual”. ¿Era declararse perennemente enamorada? Ninguna de aquellas mujeres estaba enamorada de ella, ni Claudia tampoco. La dejaban preguntándose qué sentido tenía estar allí. Las encontraba grotescas. Hacer el amor con aquellas lesbianas “declaradas” le pareció más un de circo que un acto de entrega.
Pensó que su gusto por las mujeres había sido sólo una etapa que se había acabado.
Entonces apareció Alina. Primero hablaron, hablaron y hablaron. Luego se instaló un silencio abrumador entre ellas, un silencio repleto de frases y emociones que retumbaban en las paredes del cuarto. Claudia tenía que salir a caminar para disipar esa sensación de asfixia, sobre todo cuando Jorge estaba presente. Un día se besaron y Claudia volvió a sentir aquel temor, y frente a ella volvió a abrirse ese pozo de luz, y volvió a marearse. Alina la miraba deslumbrada y Claudia reconoció su propio asombro de otros tiempos. Ahora era ella quien hacía temblar, quien provocaba el miedo, esa emoción sofocante que se siente cuando se descubre, por primera vez, que se ama a una persona del mismo sexo. Alina era un espejo en el cual se recordaba. Conocía cada emoción que provocaba y lo disfrutaba plenamente.
Terminan de preparar la comida y se sientan a comer. Luego Alina lleva los platos al fregadero y regresa a la cama. Se dan besos pequeños, imperceptibles. Duermen un buen rato. Claudia se despierta y ve que Alina la observa.
-“Hola”- le dice como si acabaran de conocerse.
Alina le acaricia la cara, le besa los ojos. Claudia se queda inmóvil, sin saber qué hacer. Hacen el amor. Claudia comienza a repetirse la frase que había escuchado en el parque y mientras la besa, la acaricia, recita:
Conozco esa geografía, el camino para llegar allí. A veces se torna imposible acceder a ese lugar: demasiados instintos mutilados, mucha norma y mucho temor lo hacen difícil, niegan la posibilidad del otro encuentro.
Me gusta traspasar el límite, a fuerza de deseo o de vicio, no lo sé, aunque tampoco me importa: el vicio es mi fuerza, mi carácter. Lo asumo como una prueba: tener un vicio que hay que controlar, simular para pasar intacta, ser admitida o al menos no molestada, respetada en la diferencia. Tener derecho a una conversación con Dios. Converso con Dios cuando traspaso los límites. Los Dioses suelen estar siempre un poco más allá. En una ocasión Dios me miró, condescendiente.
Traspuse el límite pero me quedé para siempre de este lado. No logro amar a los hombres. Me resultan débiles o rudos, obscenos o melindrosos. Nunca exacto. Nunca un hombre. Por eso lo invento. Asumo esa carencia para armonizar la imperfección que hay en todo. Creo ese hombre dentro de mi, lo personifico para ellas, siempre insatisfechas sin saber de qué, a la espera de algo o de alguien, desgastadas en el mundo de lo evidente. Las más perspicaces se dan cuenta de inmediato: me regalan besos, ternuras de adolescentes, se vuelven temblorosas, infantiles. Yo las dejo hacer, disfrazada de ángel, hasta el día en que las exorciso, las seduzco cantándoles un salmo, mientras froto la lámpara que desata al genio. Prefiero la mujer virgen. No quiero saber nada de las que tienen la experiencia. El Hombre que represento no ha evolucionado ni progresa. Él quiere belleza e ingenuidad. Quiere esa dote, como en los tiempos antiguos.

30/6/07

SER O TENER


Por Midiala Rosales Rosa


Nací en Cuba, en un pueblo de provincia al sur de La Habana.
La Revolución tenía sólo cinco años cuando yo nací, pero ya los cubanos empezaban a sufrir su manera “mágica” de desaparecerlo todo.
Para cuando me salió el primer diente, todavía nadie me había dado ni un solo caramelo de fresa ni un bombón de chocolate, de aquellos que tanto le gustaban a mi madre en su infancia pre-revolucionaria. Así fui creciendo escuchando a los mayores hablar de “lo que ya no había”. Hablar de todo, porque en la Cuba de los setenta no había nada.
Mi padre, para alimentarnos a mi hermana y a mi, se dedicaba concienzudamente a robar sacos de malangas, papas y racimos de plátanos en las fincas estatales. Mi madre me martirizaba con una dieta eficiente y muy conocida en Cuba: huevo antes del almuerzo y huevo antes de la comida, en todas sus especialidades: fritos, revueltos, en tortilla, y hasta crudos, los cuales me hacía tragar a cucharadas en el mismo cascarón, solo con un poco de sal. Desde entonces, el huevo es para mí la imagen de la pobreza, aún cuando me lo sirvan en un plato de porcelana en un lujoso restaurante.Cuando llegué a la adolescencia y comencé a ir a las fiestas, la “magia” de la revolución me hizo convertirme, junto con toda mi generación, en los candidatos perfectos al Guinnes de la imaginación. ¿Habrá alguna relación entre el nombre del pueblo donde nací y crecí, Güines, con este otro de los récords? ! Quien sabe!
Lo cierto es que ante la falta de zapatos, de telas, de shampús, de perfumes, etc, y los deseos de tener un pantalón LEE o LEVIS STRAUSS, un pelo suave como el de Olivia Newton en “Saturday Night Fever”, los jóvenes en Güines y en toda Cuba, comenzamos “a inventar”. Los cubanos somos unos inventores natos, ya lo sabemos.
Como nadie tenia acceso a un par de tenis NIKEs, a los tenis grises de fabricación rusa que nos daba el Estado para que fuéramos a trabajar en las escuelas en el campo, le pegábamos una etiqueta rusa en uno de sus costados, las cuales, aunque nunca supimos qué decían, les daban cierto aire de capitalismo y de fashion a nuestros tenis sin nombres, faltos de clase.
Las etiquetas, a su vez, las arrancábamos de unos edredones fabricados también en la Unión Soviética que nos vendían en la tienda y que eran muy baratos y muy buenos para el frío. (Lástima que el verano sea la estación sempiterna en Cuba, pues yo, que adoro el invierno, me hubiera sentido encantada de poder acurrucarme en aquellas colchas que permanecían ociosas en el escaparate de mi cuarto).
Pero por no tener, los cubanos no tenemos ni estaciones, cosa muy conveniente dada la falta de todo lo demás.Las chicas nos dibujábamos con un lapicero delineador, en la parte de atrás de nuestras piernas, una larga línea negra que iba desde el talón hasta la curva de las nalgas, y así simulamos unas medias panties que no teníamos y no se conseguían en ningún lado, como todo lo demás. El problema a resolver era las manchas negras que se te hacían en la piel cuando llovía y el lápiz se chorreaba.
Para suplir la falta de gel batíamos la clara de un huevo y nos la aplicábamos en el cabello, mezclada con un perfume o cualquier colonia barata, para disimular el mal olor natural del huevo. Así garantizábamos que el peinado se mantuviera intacto toda la noche, aún cuando bailáramos al estilo de Rafaela Carrá la música disco de “Kool and The Gang”.Los chicos, a falta de brillantina, se untaban aceite de cocina en la cabeza.Deseosos de aparentar tener un jeans autentico, pegábamos en cualquier pantalón sin nombre de mezclilla azul barata las ya nombradas etiquetas rusas que traían las lavadoras, refrigeradores y ventiladores de fabricación soviética. Así, íbamos “muy a la moda” a nuestras fiestas, con un pantalón hecho en casa y su respectiva etiqueta marca “Aurika” (una marca de lavadoras soviéticas que se caracterizaban porque pasados dos meses se les rompía la secadora, cuyo motor los cubanos usaban entonces para hacer un ventilador).
La carestía se hizo más grave aún cuando cumplí mis 15 años. Eran los duros años 80s. El día de mi fiesta de 15, a falta de azúcar para hacerme un pastel, mis padres contrataron a un vecino carpintero para que hiciera una base de madera de cuatro pisos. Mi madre la cubrió de merengue y así pude tener mis fotos de quince, muy sonriente, detrás de un magnífico pastel adornado con bellas flores rosadas que mi madre se había esmerado en diseñar. Como el pastel era ficticio y, por lo tanto, no hubo pastel que picar, después que me tomaron las fotografías (cinco en total, no había dinero para mas), mi madre le regalo los pedazos de madera embadurnados de merengue a los muchachos hambrientos del barrio.
Para no dejar de compartir la ocasión, mi madre repartió entre la familia un sabroso y discreto pudín de pan y leche que comimos atragantados y bajamos tomando mucha agua, a falta de refresco.
Tres años más tarde entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana. Mis padres habían estado ahorrando durante tres años para poder regalarme, OH, Al FIN, un LEVIs auténtico, que costó una fortuna.
Yo estaba encantada. El único problema era que no tenía zapatos para lucir con el nuevo y despampanante "pitusa".
Una vez más recurrimos al vecino carpintero. Desde entonces, pienso que la carpintería es el oficio mas noble del mundo. ¿Será por eso que Jesucristo era carpintero?
Esta vez, el noble carpintero me hizo unas sandalias de suela de madera, a las cuales decoró unos arabescos muy simpáticos utilizando un clavo caliente. En mi pueblo le llamábamos "los palos" a aquellas chancletas de palo. De un pedazo de vinillo gris que colgaba en una silla desvencijada que había pertenecido a mi abuela el noble carpintero me hizo la parte de arriba de las chancletas. Así, de LEVI´S y chancletas de palo me fui a estudiar a La Habana.
En el 1980 mi padre se metió en la Embajada del Perú. Luego de pasarse once días dentro del jardín de La Embajada sin comer nada y después de varios meses de esperar su salida del país encerrado como un preso en la casa, adonde vinieron los vecinos varias veces a gritarnos consignas revolucionarias y a tirarnos huevos y tomates en los llamados actos de repudio, una mañana de mayo lo vino a buscar un carro de la policía para llevárselo al Puerto del Mariel. De ahí lo embarcaron hacia los Estados Unidos.Entonces empezamos a quedarnos solos.
Los cubanos que tenían familia en el extranjero y recibían dólares podían comprar todo tipo de productos en las tiendas que el Estado creó para esos fines.Ahora la magia parecía estar basada en una ecuación dolorosa: a menos familia, más dinero.
Pronto se fueron mi abuela materna, mi tía y mis únicas primas. Se fueron muchos amigos y hasta los vecinos que años antes eran los más fervientes defensores del comunismo y que estaban en primera fila cuando nos dieron el acto de repudio por contrarrevolucionarios.En la casa, por la lógica desgarradora de un acto fallido de prestidigitación, enseguida que llegaron nuestros familiares a Miami comenzaron de nuevo a aparecer los productos que durante tantos tiempo habíamos añorado: shampús, jabones para bañarnos, detergente para fregar y hasta papel sanitario, algo que nuestro baño hacía años no veía.

Mi padre se olvidó de nosotros. Mi familia empezó a llamar cada vez menos, pues las comunicaciones se tornaron imposibles. Yo dejé la Universidad y finalmente no me licencie de abogada por miedo a tener que pagar la carrera o a que el gobierno me impidiera salir del país indefinidamente por haber estudiado en “su” Universidad, la universidad de los revolucionarios.
Me convertí en un ser anónimo: no figuraba en ninguna organización, en ningún puesto de trabajo, mi nombre no estaba ni en los periódicos, ni siquiera en la corteza de los árboles.


Veinte años después y luego de una larga travesía, finalmente pude llegar a Miami.
Aquí volví a encontrarme con ex amigos, ex vecinos, ex combatientes, ex revolucionarios, ex chivatos, ex oportunistas, ex presidiarios, ex disidentes.
Pero algo en ellos ha cambiado.
Ya no son proletarios, sino capitalistas risueños. Dueños de grandes casas y lujosos autos.
Ya no hablan de compañero a compañero, sino de ciudadano –americano- a ciudadano.
Ya no son como el Che, sino fervientes republicanos o demócratas con flojera.
No son administradores, sino managers de empresas.
No son miembros de la UNEAC, sino colaboradores de El Nuevo Herald.
No son jefes de comité, sino miembros de la asociación de condominios.
Tampoco se parecen en nada a aquellos holgazanes que se sentaban en las puertas de sus casas, en Cuba, a ver la vida pasar. Noooooooo…
Ahora son ágiles obreros capitalistas que solo piensan en trabajar y pagar el mortgage, algo que parece obsesionarlos, como en Cuba los obsesionaba pagar las Milicias de Tropas Territoriales o la Federación de Mujeres Cubanas.
Ya no son espías ni dirigentes, sino invitados de un programa de televisión, en donde invariablemente nos iluminan sobre "los mecanismos tenebrosos de aquel sistema".
Ahora se refieren a Cuba como “la cárcel”, y al gobierno revolucionario le llaman “el régimen”. Al anteriormente amado comandante Fidel Castro, a quien tanto alababan en la isla, aquí le dicen “el dictador” y a nosotros los gusanos, -me incluyo-, “el exilio.”
Y que conste, no he conocido en Miami a ningún cubano que haya tirado huevos, ni dado patadas, ni organizado actos de repudio.
Esa parte de la hoja del curriculum parece que las lavan durante la travesía en balsa en las aguas del estrecho de la Florida. Me imagino que durante una travesía en balsa hay tiempo para todo. También para inventarse una nueva identidad.
A veces pienso que Miami no debía conocerse como "La Ciudad del Sol," sino como "La ciudad donde los cubanos recobran la consciencia."
Por suerte, los ex vecinos que antes nos tiraron huevos y tomates, no se convirtieron nuevamente en vecinos. Ahora viven muy lejos. Como bien dice mi abuela: lo bueno que tiene Miami es que todo queda bien lejos. Y yo puedo dar fe de eso: aquí una librería queda mas lejos que la misma Cuba.
A uno de aquellos ex vecinos lo vi hace poco tratando de sumar miembros a su nueva religión: Los Testigos de Jehová.
Por supuesto que yo también me he comprado un auto, una casa y aspiro a tener un barco y un time-share en alguna isla del Caribe cuando sea una anciana.Pero, para mi frustración y a diferencia de mis coterráneos, todos los días me levanto sin haber logrado convertirme en una EX. Quizás no lo logre porque no tengo muy claro en qué podría convertirme, que no sea la misma que fui y que soy.
A veces, mientras contemplo el mar desde mi balcón pienso en Cuba, y me doy cuenta de que los cubanos siempre parecen estar atrapados en el mismo dilemma: el de “ser o tener”. Estoy segura de que si Shakespeare hubiera nacido en aquella isla, su Hamlet hubiera tenido un dilema diferente.

19/4/07

EL TELEVISOR

Por Midiala Rosales Rosa.

“Televisión a colores, ¡qué bien se ve!”....
Canción de Los Van Van


Me he comprado un televisor de veintisiete pulgadas que casi no cabe en mi cuarto. Es negro y parece un ataúd. Lo he puesto sobre un mueble viejo junto al equipo de música y algunos portarretratos con fotos de familiares y amigos. He llamado a una amiga para contarle que me he comprado un televisor de veintisiete pulgadas, inmenso, tan inmenso que parece como si tuviera parado delante de mi cama a un negro de un metro ochenta de estatura, alto y musculoso. En la oscuridad se ve amenazante, como si además de ser un negro alto, el negro -es decir, el televisor-, no tuviera muy buenas intenciones. Pero cuando lo enciendo, la pantalla reluce y las imágenes se ven tan nítidas que parece que estuviera durmiendo en un cine, acostada en una sala VIP, con cama, almohadas y fotos familiares. Me imagino que un día a alguien se le se le ocurrirá hacer una sala de cine donde las personas podrán llevar sus fotos personales, su almohada y sus sábanas para pasar la noche. Un cine para insomnes. La función quizás pueda incluir chocolate caliente y tres películas que terminarían al amanecer. Allí los insomnes se encontrarían con otros insomnes y cada quien montaría su espacio en esta sala de cine, que en vez de asientos tendría camas. La presencia de otros les haría olvidar a los insomnes, momentáneamente, su soledad- casi todos los insomnes son gente sola- y la función, quizás, les ayudaría a recuperar el sueño- la mayoría de la gente que no duerme en las noches se queda dormida, sin embargo, frente a la televisión.
Todo esto pensaba mirando mi televisor de veintisiete pulgadas. Como hace tres días que lo compré, hace exactamente tres noches que duermo mal y tarde. Es por causa del tamaño de los rostros que aparecen en la pantalla. Casi doblan el tamaño del mío, así que resultan amenazantes. Sobre todo cuando en un comercial el vendedor te mira fijamente en la oscuridad y te dice que compres “esta aspiradora que no tiene comparación con las que hay en el mercado”. En ese momento, apagar el televisor resulta imposible. Sería como botar a alguien de la casa, al mismo Dios omnipresente, dado el tamaño de los rostros en la pantalla. Y no puedo dormir porque además, cuando apago el televisor, la negra pantalla parece un hueco oscuro donde se escondieran miles de fantasmas clamando porque los deje salir. Y no puedo más que pensar que ahí adentro están todos, llamándome, tentándome para que les dé vida con un simple apretón en el botón power del control remoto. Casi los escucho suplicar. Esa sensación de tenerlos encerrados no me deja dormir. Y entonces empiezan a tentarme: ¿Habrán descubierto al criminal que ayer raptó a una niña de seis años en Estados Unidos?- me digo, pensando en encender el aparato y sintonizar el American Network. O, ponerlo quizás en el E-Entertainment Television, donde a estas horas quizás estén transmitiendo la vida trágica de alguna celebridad de Hollywood. Y es que, ¿cómo conciliar el sueño mientras Rock Hudson agoniza enfermo de Sida? O mientras Ike Turner le está dando una paliza a Tina, que después se vengará, cantando triunfante What love has to do with it? Eso sin pensar que en Animal Planet quizás ahora algún cocodrilo esté acechando a una inocente e indefensa cebra que intenta cruzar un río; que en History Chanel Lee Harvey Oswald le dispara a John F. Kennedy; que en MTV los Osbournes maldicen y pelean entre ellos, que en CNN acaba de explotar una bomba en Israel y que en TV Azteca lo más probable es que algún galán de telenovela le esté confesando en este mismo instante a su cuñada que la ama y que quiere que juntos maten a su hermano.

Mientras todo esto pasa dentro de la caja maldita, yo estoy en la oscuridad pensando que para comprarme el televisor han tenido que pasar treinta y seis años. Los primeros veinte los viví en un pueblo de provincia, a cuarenta y cinco kilómetros de La Habana. En ese tiempo no había televisores a color en mi pueblo, y mi madre le puso una mica azul a la mitad superior de la pantalla de nuestro televisor en blanco y negro y a la otra mitad, una mica roja. Así pudimos hacernos la idea de que teníamos “televisión a color”. Los otros trece años los pasé en La Habana. Allí no tenía televisor y en las noches iba a casa de una vecina a ver algún programa. Luego salí de Cuba, me quedé en México, comencé a trabajar en una revista muy conocida y, justo la semana pasada, la madre de una amiga murió y me enteré que estaba vendiendo el viejo televisor de la difunta. Entonces le pedí la tarde a mi jefe para ir a buscar el aparato, que hace sólo unas horas decidí comprar. Porque este televisor no es un televisor nuevo. La madre de mi amiga hacía seis años que lo tenía. Quizás por eso también lo encuentro tan amenazante. Sabe Dios si a la señora le hubiera gustado que alguien más viera su televisión. Y, mirándolo bien, tiene pinta de ser un televisor de alguien que murió. Tan adusto y serio es, con ese color negro, la caja cuadrada, los botones toscos y el mucho polvo que todavía no me he tomado el trabajo de quitar.

Y pienso en la noticia que leí, sobre que ahora en Cuba sólo se pueden adquirir televisores chinos, marca PANDA. El sistema para tener un televisor en Cuba es algo bien complicado. El gobierno envía a cada barrio un televisor, que se le asigna, tras una asamblea, a la persona políticamente más integrada, con más méritos laborales o a los más necesitados. La asamblea la preside el Jefe de los Comités de Defensa de la Revolución. Allí, después de una discusión entre los vecinos, se hace una votación y se elige a la persona que tendrá el derecho a comprar el televisor, cuyo costo es de cinco mil pesos, que es el salario de dos años de un cubano común. Leí en una nota que en el pueblo de Nuevitas le asignaron el televisor a una tal Migdalia, en detrimento de una vecina que era minusválida. Se lo asignaron a Migdalia por encima de la minusválida porque Migdalia es una persona “integrada”, que coopera en todo con la revolución, mientras que la minusválida no tenía ningún mérito y su discapacidad, comparada con la combatividad de Migdalia, al parecer, resultó bien poca cosa ante los ojos de los compañeros vecinos. Como después de ese tipo de reunión casi siempre los vecinos terminan enemistados, los cubanos han hecho un chiste con la marca del televisor. Ahora en Cuba dicen que PANDA significa Producto Altamente Nocivo, Destructor de Amistades.

Así que llevo tres noches diciéndome, mientras salto de un canal al otro, que finalmente tengo mi televisor. Por suerte, no tuve que pelearme con nadie para tenerlo. Sólo trabajé y lo compré. Es cierto que para tenerlo tuve que dejar atrás a los amigos, la isla de Cuba, mi familia y algunos sueños que jamás se cumplirán. Pero yo tengo finalmente mi televisor de veintisiete pulgadas, aunque sea viejo y negro y tenga ese aire de misterio, ese aire terrorífico. Y me pregunto por qué no pude haberlo tenido antes, si finalmente no es nada del otro mundo poder comprarse un televisor. Basta con tener el dinero y el derecho a comprarlo.

Y aquí estoy, intentando apagar sin éxito este aparato desproporcionado Mirándolo fijamente sin verlo. Insomne. Cambiando de canal una y otra vez, mientras las noticias me atormentan como las voces que deben escuchar los esquizofrenicos: Treinta y seis muertos por descarrilamiento de tren en Ucrania; deslave en el sur de Bolivia; Ministro de Agricultura de México declara que no hay crisis en el campo; mujer violada en Central Park; las aves comienzan a emigrar al sur; el pato Donald le da un porrazo en la cabeza al perro Pluto; Barbara Walters entrevista a Witney Houston, quien dice que ella no se considera una drogadicta, “sino alguien con un mal hábito que no puede controlar”. Fidel Castro declara que Estados Unidos es el culpable; Corea del Sur se disculpa por la masacre de Virginia Tech, mientras el presidente Bush dice que eran personas que estaban en el ludar equivocado en el momento equivocado –lo mismo dice cada vez que muere un soldado americano en Iraq; el Papa Benedicto reafirma su conservadurismo; nace el pintor Tolouse Lautrec; Yoko Ono dice que Lenon aún vive- aunque no especifica dónde. Y me pregunto si un televisor merece tantos desvelos, y si realmente necesito tener un aparato tan grande y tan inquietante aquí en mi cuarto, en mi vida.

12/4/07

LA ULTIMA ESTACION (Poesia) MIDIALA ROSALES

Poema

Midiala Rosales

No creo en Dios ni en el Hombre
el amor ya no me salva
la felicidad es una quimera
una utopía como las revoluciones
la humanidad camina inútilmente en círculos
cada vez más estrechos
pocas cosas me emocionan
todas sin importancia ni utilidad
no tengo nada que me salve o me retenga
en ninguna parte soy
en ningún lugar logro estar
mi cuerpo como un caparazón fastidioso
me condena a la rutina.
No reconozco patrias ni banderas
Soy extranjera de mi propia especie
La química y el barro de la que estoy hecha
son tan extraños para mí como una galaxia
Me sobran ciertas emociones que no sabría cómo usar
El idioma tiene demasiadas palabras
mi vida podría contarse o explicarse con sólo
dos o tres verbos o dos o tres sonidos
Podría matar como puedo dormir
pero prefiero dormir
para matar se necesitan demasiadas
estrategias y emociones
No tengo fuerzas para tanto
Tengo demasiada compasión del mundo
y de mí para intentar un acto tan categórico
Siento que en cualquier momento podría perecer
y no hablo de morir o de suicidio
puede que simplemente algo dentro de mí
se desconecte sin remedio
como un radio viejo o un equipo descontinuado
presiento que en cualquier momento
puedo apagarme
gastarme
languidecer lentamente como languidecen
los atardeceres y las velas.

ANDO BESANDO MIS MUERTOS ESTA NOCHE (Poesia) MIDIALA ROSALES

Ando besando mis muertos esta noche
sus bocas simples
de lentos pájaros atravesados en la garganta
coro de tierra y hueso
bestias vírgenes que antes alabaron el crepúsculo.

Los días de invierno me traspasan
fingen desvirtuar el polvo de tanta ausencia.
¿Quién desató la niebla ?
Nadie sabe en qué profundidades se pierde
y lejos el camino responde oscuramente.

Sueñen un mago para reclamar el rito
No es difícil este orgullo
Aún más lamentables fueron los disparos
el despertar y hallar la verja temblorosa sin la llave gótica.

Culpen entonces a las catedrales
El disparo estaba en su silencio
Miles de silencios sobre un ángel que aplaudía
Nadie supo nunca para qué sitio
Esos aplausos eran un símbolo
La fuente y el molino acechando la casa
Una casa donde las bestias vírgenes reían
y el mago miraba tiernamente
la piedra que sangraba.