30/4/09

SER O TENER

POR MRR.

Nací en Cuba, en un pueblo de provincia al sur de La Habana, en el año 1966. La Revolución tenía sólo cinco años cuando yo nací, pero ya los cubanos empezaban a sufrir su manera “mágica” de desaparecerlo todo. Para cuando me salió el primer diente, todavía nadie me había dado ni un solo caramelo de fresa ni un bombón de chocolate, de aquellos que tanto le gustaban a mi madre en su infancia pre-revolucionaria. Así fui creciendo escuchando a los mayores hablar de “lo que ya no había”. Hablar de todo, porque en la Cuba de los setenta no había nada.Mi padre, para alimentarnos a mi hermana y a mi, se dedicaba concienzudamente a robar sacos de malangas, papas y racimos de plátanos en las fincas estatales. Mi madre me martirizaba con una dieta eficiente y muy conocida en Cuba: huevo antes del almuerzo y huevo antes de la comida, en todas sus especialidades: fritos, revueltos, en tortilla, y hasta crudos, los cuales me hacía tragar a cucharadas en el mismo cascarón, solo con un poco de sal. Desde entonces, el huevo es para mí la imagen de la pobreza, aún cuando me lo sirvan en un plato de porcelana en un lujoso restaurante. Cuando llegué a la adolescencia y comencé a ir a las fiestas, la “magia” de la revolución me hizo convertirme, junto con toda mi generación, en los candidatos perfectos al Guinnes de la imaginación. ¿Habrá alguna relación entre el nombre del pueblo donde nací y crecí, Güines, con este otro de los récords? ! ¡Quien sabe! Lo cierto es que ante la carencia de calzado, de telas, de shampús, de perfumes, etc, y los deseos de tener un pantalón LEE o LEVIS STRAUSS, un pelo suave como el de Olivia Newton en “Saturday Night Fever”, los jóvenes en Güines -y en toda Cuba- comenzamos “a inventar”. Los cubanos somos unos inventores natos, ya lo sabemos. Como nadie tenía acceso a un par de tenis NIKEs, a los tenis grises de fabricación rusa que nos daba el Estado para que fuéramos a trabajar en las escuelas en el campo, le pegábamos una etiqueta rusa en uno de sus costados, las cuales, aunque nunca supimos qué decían, les daban cierto aire de capitalismo y de fashion a nuestros tenis sin nombres, faltos de clase. Las etiquetas, a su vez, las arrancábamos de unos edredones fabricados también en la Unión Soviética que nos vendían en la tienda y que eran muy baratos y muy buenos para el frío. (Lástima que el verano sea la estación sempiterna en Cuba, pues yo, que adoro el invierno, me hubiera sentido encantada de poder acurrucarme en aquellas colchas que permanecían ociosas en el escaparate de mi cuarto). Pero por no tener, los cubanos no tenemos ni estaciones, cosa muy conveniente dada la falta de todo lo demás. Las chicas nos dibujábamos con un lapicero escolar una larga línea negra que iba desde el talón hasta la curva de las nalgas, y así simulábamos unas medias panties que no teníamos y que no se conseguían en ningún lado, como todo lo demás. El problema a resolver era las manchas negras que se te hacían en la piel cuando llovía y el lápiz se chorreaba. Para suplir la falta de gel batíamos la clara de un huevo y nos la aplicábamos en el cabello, mezclada con un perfume o cualquier colonia barata, para disimular el mal olor natural del huevo. Así garantizábamos que el peinado se mantuviera intacto toda la noche, aún cuando bailáramos al estilo de Rafaela Carrá la música disco de “Kool and The Gang”. Los chicos, a falta de brillantina, se untaban aceite de cocina en la cabeza. Deseosos de aparentar tener un jeans autentico, pegábamos en cualquier pantalón sin nombre de mezclilla azul barata las ya nombradas etiquetas rusas que traían las lavadoras, refrigeradores y ventiladores de fabricación soviética. Así, íbamos “muy a la moda” a nuestras fiestas, con un pantalón hecho en casa y su respectiva etiqueta marca “Aurika” (una marca de lavadoras soviéticas que se caracterizaban porque pasados dos meses se les rompía la secadora, cuyo motor los cubanos usaban entonces para hacer un ventilador). La carestía se hizo más grave aún cuando cumplí mis 15 años. Eran los duros años 80s. El día de mi fiesta de quince, a falta de azúcar para hacerme un pastel, mis padres contrataron a un vecino carpintero para que hiciera una base de madera de cuatro pisos. Mi madre la cubrió de merengue y así pude tener mis fotos de quince, muy sonriente, detrás de un magnífico pastel adornado con bellas flores rosadas que mi madre se había esmerado en diseñar. Como el pastel era ficticio y, por lo tanto, no hubo pastel que picar, después que me tomaron las fotografías (cinco en total, no había dinero para mas), mi madre le regalo los pedazos de madera embadurnados de merengue a los muchachos hambrientos del barrio.Para no dejar de compartir la ocasión, mi madre repartió entre la familia un sabroso y discreto pudín de pan y leche que comimos atragantados y bajamos tomando mucha agua, a falta de refresco.Tres años más tarde entré a estudiar Derecho en la Universidad de La Habana. Mis padres habían estado ahorrando durante tres años para poder regalarme, OH, Al FIN, un LEVIs auténtico, que costó una fortuna. Yo estaba encantada. El único problema era que no tenía zapatos para lucir con el nuevo y despampanante "pitusa". Una vez más recurrimos al vecino carpintero. Desde entonces, pienso que la carpintería es el oficio mas noble del mundo. ¿Será por eso que Jesucristo era carpintero? Esta vez, el noble carpintero me hizo unas sandalias de suela de madera, a las cuales decoró unos arabescos muy simpáticos utilizando un clavo caliente. En mi pueblo le llamábamos "los palos" a aquellas chancletas de palo. De un pedazo de vinillo gris que colgaba en una silla desvencijada que había pertenecido a mi abuela el noble carpintero me hizo la parte de arriba de las chancletas. Así, de LEVI´S y chancletas de palo me fui a estudiar a La Habana.En el 1980 mi padre se metió en la Embajada del Perú. Luego de pasarse once días dentro del jardín de La Embajada sin comer nada y después de varios meses de esperar su salida del país encerrado como un preso en la casa, adonde vinieron los vecinos varias veces a gritarnos consignas revolucionarias y a tirarnos huevos y tomates en los llamados actos de repudio, una mañana de mayo lo vino a buscar un carro de la policía para llevárselo al Puerto del Mariel. De ahí lo embarcaron hacia los Estados Unidos. Entonces empezamos a quedarnos solos. Los cubanos que tenían familia en el extranjero y recibían dólares podían comprar todo tipo de productos en las tiendas que el Estado creó para esos fines. Ahora la magia parecía estar basada en una ecuación dolorosa: a menos familia, más dinero. Pronto se fueron mi abuela materna, mi tía y mis únicas primas. Se fueron muchos amigos y hasta los vecinos que años antes eran los más fervientes defensores del comunismo y que estaban en primera fila cuando nos dieron el acto de repudio por contrarrevolucionarios. En la casa, por la lógica desgarradora de un acto fallido de prestidigitación, enseguida que llegaron nuestros familiares a Miami comenzaron de nuevo a aparecer los productos que durante tantos tiempo habíamos añorado: shampús, jabones para bañarnos, detergente para fregar y hasta papel sanitario, algo que nuestro baño hacía años no veía. Mi padre se olvidó de nosotros. Mi familia empezó a llamar cada vez menos, pues las comunicaciones se tornaron imposibles. Yo dejé la Universidad y finalmente no me gradué de abogada por miedo a tener que pagar la carrera o a que el gobierno me impidiera salir del país indefinidamente por haber estudiado en “su” Universidad, la universidad de los revolucionarios. Me convertí en un ser anónimo: no figuraba en ninguna organización, en ningún puesto de trabajo, mi nombre no estaba ni en los periódicos, ni siquiera en la corteza de los árboles.
Veinte años después y luego de una larga travesía, finalmente pude llegar a Miami.
Aquí volví a encontrarme con ex amigos, ex vecinos, ex combatientes, ex revolucionarios, ex chivatos, ex oportunistas, ex presidiarios, ex disidentes.
Pero algo en ellos ha cambiado.
Ya no son proletarios, sino capitalistas risueños, dueños de grandes casas y lujosos autos.
Ya no hablan de compañero a compañero, sino de ciudadano –americano- a ciudadano.Ya no son como el Che, sino fervientes republicanos o demócratas con flojera. No son administradores, sino managers de empresas. No son miembros de la UNEAC, sino colaboradores de El Nuevo Herald. No son jefes de comité, sino miembros de la asociación de condominios. Tampoco se parecen en nada a aquellos holgazanes que se sentaban en las puertas de sus casas, en Cuba, a ver la vida pasar. Noooooooo…Ahora son ágiles obreros capitalistas que solo piensan en trabajar y pagar el mortgage, algo que parece obsesionarlos, como en Cuba los obsesionaba pagar las Milicias de Tropas Territoriales o la Federación de Mujeres Cubanas.
Ya no son espías ni dirigentes, sino invitados de un programa de televisión, en donde invariablemente nos iluminan sobre "los mecanismos tenebrosos de aquel sistema".
Ahora se refieren a Cuba como “la cárcel”, y al gobierno revolucionario le llaman “el régimen”. Al anteriormente amado comandante Fidel Castro, a quien tanto alababan en la isla, aquí le dicen “el dictador” y a nosotros los gusanos, -me incluyo-, “el exilio”.
Y que conste, no he conocido en Miami a ningún cubano que haya tirado huevos, ni dado patadas, ni organizado actos de repudio. Esa parte de la hoja del curriculum parece que las lavan durante la travesía en balsa en las aguas del estrecho de la Florida. Me imagino que durante una travesía en balsa hay tiempo para todo. También para inventarse una nueva identidad.A veces pienso que Miami no debía conocerse como "La Ciudad del Sol", sino como "La ciudad donde los cubanos recobran la consciencia". Por suerte, los ex vecinos que antes nos tiraron huevos y tomates, no se convirtieron nuevamente en vecinos. Ahora viven muy lejos. Como bien dice mi abuela: lo bueno que tiene Miami es que todo queda bien lejos. Y yo puedo dar fe de eso: aquí una librería queda mas lejos que la misma Cuba.A uno de aquellos ex vecinos lo vi hace poco tratando de sumar miembros a su nueva religión: Los Testigos de Jehová. Por supuesto que yo también me he comprado un auto, una casa y aspiro a tener un barco y un time-share en alguna isla del Caribe cuando sea una anciana. Pero, para mi frustración y a diferencia de mis coterráneos, todos los días me levanto sin haber logrado convertirme en una EX. Quizás no lo logre porque no tengo muy claro en qué podría convertirme, que no sea la misma que fui y que soy. A veces, mientras contemplo el mar desde mi balcón pienso en Cuba, y me doy cuenta de que los cubanos siempre parecen estar atrapados en el mismo dilemma: el de “ser o tener”. Estoy segura de que si Shakespeare hubiera nacido en aquella isla, su Hamlet hubiera tenido un dilema diferente.

17/4/09

LA HISTORIA DEL PATITO FEO




Britain Got Talent es uno de esos concursos -reality shows- creados por ejecutivos inteligentes y rapaces para ganar dinero y estupidizar a la audiencia. Con palomitas y coca cola, y para entretenerse un rato, me parece excelente. Una opción mejor que muchos programas locales.
Pues bien, esta semana el programa encontró su gallina de los huevos de oro con una concursante que, en unas horas ha recibido 20 millones de clicks en youtube y que, según dicen algunos, ya consiguió un contrato para grabar un disco sin siquiera haber ganado el concurso.
Y quien es el fenómeno?
Nada menos que Susan Boyle: una simple y mundana mujer de pueblo que ha pasado gran parte de su vida cuidando de su madre enferma y que, sin embargo, en esos tres escasos minutos -o menos- que duró cantando, rompió los parámetros y clichés que el mundo moderno tiene sobre la belleza y le demostró a esa audiencia que la recibió con risas burlonas y miradas de desprecio, algo que para ellos -pobrecitos- resulta insólito: que se puede ser fea y tener talento.
Así de mal estamos, digo yo.
Yo no sé si Susan hizo algún intento a lo largo de su vida para acercarse a una disquera, a eso que llaman “la industria de la música”, pero dudo, si lo hizo, que alguien siquiera la haya dejado pasar más allá de la recepción. Y es que según el mundo en que vivimos, donde las apariencias son las que cuentan, Susan es un “bicho raro”.
Primero, nada de tetas postizas -y ya sabemos que "sin tetas no hay paraíso-, luego, porque tampoco es la clásica barbie pintada de rubia (como la Paulina, la Perez Hilton, la Jessica Simpson), y tercero porque, oh, algo insólito, tampoco tiene un marido millonario para empujarle o comprarle su carrera, como la Thalía.
Susan es una mujer normal, a quien el éxito le ha pasado de largo durante 47 años de su existencia.
Ni siquiera ha encontrado alguien que la bese, según cuentan en su minibiografía.
Pero el patito feo tenía un “secret weapon”. Algo que no tienen ni Paulina, ni Thalía ni todas las modernas barbies de la música pop que andan por este mundo maltratando nuestros oídos con sus chillidos desafinados de muñecas de trapo.
SUSAN BOYLE TIENE TALENTO. Y ES REAL Y HUMANA.
Y, por eso, ayyyyyyyyy!!!, y dándole la razón al poeta Eliseo Diego, quien dijo que “un hombre bueno es un espectáculo inmenso”, en este mundo donde abunda la mediocridad, finalmente, alguien que cante de "verdad", no podía menos que convertirse en un acontecimiento de marca mundial. ¡Tan sordos y ciegos estamos!
Y por eso esta mujer que camina como un bombero, que tiene las piernas hinchadas igual que nuestras simples y mortales madres o abuelas, y que es igual de fea que cualquier hija de vecina de la vida real, pero que canta como una Diosa, se ha convertido en la mujer más famosa del planeta. Y digo yo que Susan es como el rebelde del mundo de Orwell, una alienígena que vino a implantar en la tierra un nuevo canon de belleza. Por Dios!!!
Y por eso la audiencia acostumbrada a los movimientos sensuales y plagiados de Michael Jackson que hace Justin Timberlake, los salticos y ricitos de David Bisbal, las estupideces de Britney Spears y las canciones intrascendentes de Jessica Simpson, no estaba preparada para Susan Boyle y se burlaron, se rieron cuando la vieron aparecer con su cara chata, sus cejas tupidas, y su cuerpo de “tamal mal envuelto”.
Pero después que Susan abrió su boca para cantar una canción de la obra Los Miserables, de Victor Hugo Susan Boyle se vengó con creces.
Y no solo hizo que ese público la aplaudiera y se emocionara hasta las lágrimas, sino que de la noche a la mañana se ha convertido en una celebridad mundial, cual patito feo convertido en cisne.
¡Ay, mundo cruel y mezquino!
¡Ay, Susan Boyle! Deberían hacerte una estatua como recordatorio a la imbecilidad de los seres humanos.

Y yo pienso que si esta mujer se hubiera aparecido a pedir trabajo en la Sony, ni siquiera la hubieran dejado limpiando los baños. Porque, ya saben: hasta para eso hay que tener tetas y nalgas en nuestro mundo.
Por eso hoy brindo por Susan Boyle. Y por todos aquellos que, como ella, sufren en silencio la burla de los mediocres, mientras el mundo está lleno de falsos ídolos que son quienes se llevan, casi siempre y sin merecerlo, los millones y los premios.
¡Salud!

7/4/09

LO QUE PASA DETRAS DE LA TV, Y QUE NADIE VE.






HASTA HACE UNOS MESES me ganaba el pan trabajando como productora y reportera en un canal hispano aquí en Miami.
Un día le propuse al productor ejecutivo del programa que hiciéramos un show sobre la homosexualidad femenina en la TV hispana, algo que todavía es un tabú, pero que luego del famoso beso que se dieron Madona y Britney Spears las cadenas comenzaron a explotar para escandalizar al público e incentivar la morbosidad del macho latino en un afán por subir los ratings.

Quería hacer un programa donde se tratara el tema del lesbianismo. Donde se debatiera por qué la television en ingles ya tenía sus íconos, como Ellen Degeneres, Rossi O'Donnell, Melissa Etheridge, etc y, sin embargo, la televisión latina todavía no se permitía poner en un programa a una mujer lesbiana, con carisma e inteligencia, que aportara un punto de vista diferente. ¿Por qué ninguna de las personalidades lesbianas que viven en Miami - cantantes, conductoras, periodistas, compositoras, algunas muy famosas- nunca se han atrevido a dar la cara y hablar abiertamente de su homosexualidad? ¿Cuál es la hipocrecía y el miedo, si el público sabe perfectamente, desde hace años, que ellas son homosexuales, y no por eso han dejado de ver sus programas ni dejado de comprar su música?



Para desarrollar el tema en el programa, le sugerí al productor que invitáramos al estudio a una actriz que había hecho un unitario en un canal de la competencia, donde dos amigos y sus respectivas novias -interpretada una de ellas por dicha actriz - tenían una fiesta en una piscina y cuando ya todos estaban pasados de copa, los hombres empezaban a fantasear con el cliché de ver a las muchachas hacer el amor. El programa terminaba con las dos chicas en la cama, en una insinuada escena de sexo donde las actrices amanecían juntas, despues de hacer el amor y se besaban, en un momento muy bonito de erotismo lésbico. Los novios ni se enteraron, porque de tanto beber y por tontos, se habían quedado dormidos en la piscina y se perdieron "la encamada" de las chicas.
Al amanecer y sin saber que las muchachas ya habían tenido sexo sin ellos, uno de los novios preguntaba a su chica:

Bueno, y finalmente, ¿qué vamos a hacer? A lo que ella respondía: Yo no sé ustedes, pero nosotras nos vamos juntas – y se iban en el auto dejando a los tontos plantados.
A mí me pareció muy valiente por parte de los productores del canal y de los escritores hacer un programa con un tema tan candente.


Así que llamé al manager de la actriz y para mi sorpresa, aceptó venir al programa, algo inusual porque todos tenían pánico a pisar aquel set.

Y finalmente llegó el momento de grabar el programa. Y mientras estábamos en maquillaje, quise cerciorarme hasta dónde llegaríamos en la profundización del tema. Ya tenía por experiencia que si un tema no se trataba con coherencia y profundidad, el programa terminaba siendo un fracaso, como sucedió algunas veces. Por eso, antes de salir al aire, le pregunté al susodicho productor:
-¿Hasta dónde vamos a llegar si se genera una discusión fuerte sobre el tema? Yo estoy dispuesta a ser sincera y a hablar con profundidad sobre el asunto sin tapujos.
El productor me miró aterrado:
-¡Estás loca! ¡Estamos en Miami, aquí la gente es muy cerrada, niña, por tu madre, el público no está preparado para eso, esto es un pueblo de gente imbécil! Aquí nadie va a salir del clóset! Tú manténte ambivalente, como Ceriani. Tu carrera depende de eso.

Sorprendida por su terror, le dije, tratando de convencerlo, y ya en tono de broma, para que se relajara:

Bueno, es que yo nunca he estado en el closet. Siempre he sido una persona abierta con mi vida, con mi familia y mis amigos. En mi casa nunca han habido closets. Pero la broma tampoco la entendió porque su cara permaneció crispada.

En fin, que decidí, como dice el dicho hacer en Roma lo que en Roma vieres. Al fin y al cabo, yo era "una novata en eso de la televisión," - como me restregaba siempre que podía una panelista del programa, de quien hablaremos en otra ocasión.

Y así, el programa transcurrió normalito, tranquilito, con preguntas superficiales a la invitada y las mismas tonterías que, según el criterio de mi productor, son las que el público hispano se merece. Ese “público imbécil” que, supuestamente y según él, “es quien ve la televisión que se hace en español.”

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando un tiempo después ese mismo productor aprovechó para declarar su homosexualidad en el marco de una entrega de premios Glaad. ¡Aquí mismo, en la imbécil e intolerante - según él- ciudad de Miami!

El hecho me dejó confundida.

¿No había sido él la misma persona que me había hablado de la estupidez del público, del tabú que era ser homosexual y del peligro para la carrera que suponía declararse homosexual frente a una cámara?

Pero mis confusiones se aclararon unos días más tarde, cuando lo vi sentado frente a Bayly, en calidad de héroe de la comunidad homosexual.

Y entonces, entendí: “Era una cuestión de reflectores.”

Y le salió bien, porque durante cierto tiempo tuvo sus quince minutos de fama.

El público a quien él llamaba imbécil no solo lo aceptó, sino que lo llenó de reconocimiento y lo alabó por su valentía en los correos que llegaron luego al programa.

Bueno, me dije, después de todo, yo tenía razón: El público no es tonto como afirman ciertos ejecutivos que trabajan en la TV.


Y siempre he estado convencida de que quienes subestiman al público son los propios ejecutivos mediocres que nunca se arriesgan a hacer una TV inteligente para los latinos. Por eso la TV en español parece hecha para retrasados.

Más aún: el público no sólo es lo suficientemente tolerante y desprejuiciado como para entenderlo todo, sino que es tan inteligente que sabe perfectamente cuál es la diferencia entre lo que es tener talento y lo que es ser un oportunista que aprovecha las cámaras y la condición sexual para conseguir un poco de fama.

Y es que, en televisión, el más mínimo gesto de hipocrecía se ve INMENSO. Tan inmenso como el tamaño de las pantallas de los televisores que el "público hispano" suele tener en sus casas.

Y ya sabemos que los hispanos somos exagerados, y a los que viven en Miami les encanta ir a Brandsmart a comprarse unas inmensas pantallas planas a todo color, donde lo FALSO SE NOTA CANTIDAD, PERO CAAANTIDAD!.
Ja, ja.




Y para terminar, una encuesta:



¿Los ejecutivos tienen razón al afirmar que los hispanos somos imbéciles y por eso nos merecemos una televisión de pacotilla, o son ellos los mediocres que no se arriesgan a hacer una TV inteligente y tienen al público sufriendo con esos programas vulgares y horribles que abundan en la TV en español?

CONVIRTIENDO LA MIERDA EN ORO

Te has preguntado alguna vez, cuando las cosas se ponen difíciles, ¿qué significa la frase “seguir adelante”?
Algunas veces te sientes miserable y te preguntas: ¿qué tengo realmente en esta vida?
Convierte la mierda en oro.
Déjale los millones a los hijos de puta de Wall Street Y CANTEN CON NINA SIMONE: